López de Mendoza, Íñigo

Foto de López de Mendoza, Íñigo
  • Nacimiento/Fallecimiento
    1398-1458
  • Procedencia
    Carrión de los Condes

Dada la universalidad de Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana reseñamos un artículo del poeta y escritor cántabro Diego Alonso Rodríguez dedicado a don Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, (1398-1458), que vivió sesenta ricos y prolíferos años.

Nace en Carrión de los Condes el 19 de agosto de 1398 y muere en Guadalajara el 25 de marzo de 1458. Era hijo del Almirante Mayor de Castilla don Diego Hurtado de Mendoza y de doña Leonor de la Vega, casada ésta en segundas nupcias con el Almirante, fiera y arrogante rica hembra, nieta de Garcilaso de la Vega y con casa palacio en Torrelavega, ciudad que debe su nombre a la Torre de los de la Vega. Fue educado por su madre y por su abuela doña Mencía de Cisneros, de forma doméstica, al calor de tradiciones familiares en las que abundaban los poetas y los protectores de poetas, por lo que recibe una excelente formación humanística y literaria acrecentada a su vez y a partir de 1412 por su prolongada estancia en Cataluña donde conecta con las lenguas y la cultura mediterránea. Casó en Salamanca el siete de junio de 1416 con doña Catalina de Figueroa, hija del Maestre de Santiago Lorenzo Suárez.

A la edad de seis años, tras la muerte de su padre, entre los años 1404 y 1406, tomaba posesión de las villas y lugares de Buitrago, el Real del Manzanares e Hita, en largo conflicto interpuesto por la hermana de su padre, Aldonza de Castilla, sobre el Real del Manzanares, mientras que en Cantabria mantenía otro interpuesto por su propia hermanastra, Aldonza de Castelar, y su esposo, Garci Manrique, sobre el Señorío de Liébana, Pernía y Campoo.

Intervino desde muy joven en revueltas políticas, tomando partido por el infante don Enrique. Retirado unos años en Guadalajara aprovechó para hacer diversos trabajos literarios e impulsó a su amigo Enrique de Villena a la traducción de la Eneida. Vuelto a la actividad política se reunió con otros nobles en Valladolid en el año 1427 para acordar el destierro de don Alvaro de Luna. Enojaba al rey acudiendo tarde a los llamamientos reales y no obstante la derrota que sufrió en Araviana contra fuerzas numerosas de los partidarios del Rey de Navarra, le sirvió como victoria que le proporcionó 500 vasallos y doce señoríos confiscados a los infantes de Aragón. De esta época son sus primeras serranillas. En 1430 vuelve a Santillana para atender los intereses del Señorío materno frente a las pretensiones de los Manrique, condes de Castañeda, para marchar enseguida a Guadalajara, cuando sus versos son ya aplaudidos y consigue el elogio de su amigo Villena que escribe para él y le dedica su obra «el Arte de Trovar».

En 1431 formó una expedición contra los moros de Granada, consiguiendo un sonado triunfo en Sierra Elvira. Mientras tanto el rey Juan II, cargado de recelos, obligó a don Íñigo a retirarse a su castillo de Hita, en cuyo intervalo muere su madre doña Leonor de la Vega en Valladolid, en el año 1432, recibiendo de ella un patrimonio considerable en las Merindades de Monzón, Asturias de Santillana, Liébana y Campoo, así como un inmenso número de vasallos y heredades, más de 25 palacios, tierras y castillos y un sinnúmero de rentas, ingresos y tributos señoriales, molinos, ferrerías, etc.; y tras la muerte de doña Aldonza consigue ser dueño del Real de Manzanares.

En 1436, rotas las treguas con los moros, marchó a la frontera como Capitán Mayor del reino de Jaén, ganando tantas batallas que obligó a sus enemigos a pedir treguas y a pagar tributos. En medio de estas escenas de sangre brotaron las serranillas como flor de poesía fronteriza que el Marqués compuso con una forma lírica original, donde no se sabe qué admirar más, si el cuadro campestre que sin describirse se imagina, el poético misterio que la envuelve o la suave malicia y aristocrática ironía del poeta.

Mientras tanto sus enemigos -que eran muchos- sobre todo don Álvaro de Luna, se iban apoderando de sus tierras de Santillana, cuya situación le obligó a pasarse por algún tiempo al partido del Rey de Navarra, con el que ocupó en 1441 Alcalá de Henares con una reducida hueste de sólo 300 hombres, en cuya batalla cayó herido de cierta gravedad de la que pronto curó, pero don Álvaro le perseguía y tuvo que refugiarse en el Castillo de Buitrago. Allí es donde tramó una liga ofensiva con los de La Cerda y debido a diversas promesas de don Enrique sobre sus estados de Santillana volvió a luchar en la causa del Rey tomando parte en la decisiva batalla de Olmedo (1445) en la que fueron derrotados los infantes de Aragón, recibiendo en premio los títulos de Marqués de Santillana y Conde del Real Manzanares.

Simultáneamente, cuando guerreaba con éxito contra los moros, años 1437-1439, la casa de Castañeda iniciaba una disputa con la casa de La Vega ya que el Conde de Castañeda había casado con la hija del primer matrimonio de doña Leonor de La Vega, rica hembra ésta que posteriormente casaba con don Diego Hurtado de Mendoza, y los conflictos señoriales se recrudecieron en las Asturias de Santillana cuya disputa dio ocasión al famoso pleito de los nueve valles, cuyo fondo reside en la usurpación jurisdiccional, que acabaría enfrentando al poder señorial con los procuradores de los concejos, valles y lugares, que al final ganaron y dio lugar a ese nombre que a algunos sorprende como Real Valle de Camargo o Real Valle de Piélagos, etc., y así hasta nueve, siendo en el año 1438 cuando ocurrían hechos violentos como los de la batalla de Campo Revolgo, entre el corregidor del Rey, las gentes de Santillana y los hombres del mayorazgo de la Vega, teniendo que acudir el primogénito, Diego Hurtado de Mendoza, con sus gentes a defender los intereses de los Mendoza en Liébana y en las Asturias de Santillana. También parece que aprovechando las circunstancias el Marqués quiso apoderarse de Santander, que era de abadengo para convertirla en solariega suya, pero se opusieron los vecinos que lucharon en Rua Mayor hasta que el Marqués renunció a sus pretensiones.

La ambición de Isabel de Portugal en lucha sorda contra don Álvaro de Luna, agrupó a su alrededor a todos los nobles descontentos, entre los que estaba el Marqués de Santillana que alagó a la reina con galantes «canciones y decires». Fue uno de los decisivos apoyos con que contó Juan II -padre de Isabel la Católica- prácticamente en todo su reinado. Tuvo numerosa descendencia, entre la que destaca el famoso Cardenal Mendoza, consejero de los Reyes Católicos. Su hijo mayor fue Diego Hurtado de Mendoza y Suárez de Figueroa, al que los Reyes Católicos conceden el título de Duque del Infantado en 1475, mientras que su segundo hijo, Íñigo, recibía el título de Conde de Tendillo en 1467 e Íñigo, hijo de éste último, fue nombrado Marqués de Mondéjar y en su descendencia múltiple recayeron posteriormente nuevos condados y marquesados. El primer duque del Infantado mandó construir el castillo de Manzanares el Real y el segundo -Íñigo- construyó el Palacio del Infantado en Guadalajara, pudiéndose afirmar que gracias a la intervención de los Mendoza se introdujo la arquitectura renacentista en España, citándose entre ellos el Colegio de la Santas Cruz en Valladolid y el hospital del mismo nombre en Toledo, el palacio de Cogolludo, el castillo de la Calahorra y el palacio de la Piedad en Guadalajara, además de los sepulcros renacentistas del Cardenal en la Catedral de Toledo y del Arzobispo Mendoza en la de Sevilla.

Fue en el reinado de Juan II, afirma el maestro don Marcelino Menéndez y Pelayo, cuando se dio en España el paso al Renacimiento, a lo que él denominó pórtico del Renacimiento, con el instinto moral y poético de nuestra raza que vino a verificar la sentencia de Aristóteles que dice, «La poesía es más profunda y más filosófica que la Historia», calificando don Marcelino al Marqués de Santillana como un hombre muy equilibrado, recto, sereno y algo frío, que sabía realizar el bien sin esfuerzo, tan hábil como afortunado y apenas hubo cosa que no le saliese a la medida de su talante. Gran señor en poesía como en todas sus cosas, era un apasionado por todo lo italiano. Admiraba a Dante, Petrarca y Boccaccio, estando sus mejores títulos a la gloria literaria en sus poesías amorosas y ligeras como las famosas serranillas, donde el Marqués llega a la perfección, siendo para Diego Alonso lo más destacado de la personalidad del marqués la soltura con la que lleva una combinación tan dificil como son el sentido de la responsabilidad como guerrero y defensor de su patria y de su hacienda, con la creatividad y belleza de algo tan espontáneo como su poesía, para concluir que este grande con sangre cántabra en sus venas es un ejemplo a seguir, preguntándose a su vez ¿por qué ya no nacen hombres así?

El 25 de marzo de 1458 fallecía don Íñigo López de Mendoza, siendo enterrado en el monasterio de San Francisco de Guadalajara y asignado su mayorazgo de Santillana y la mayor parte de sus bienes territoriales a su hijo primogénito, Diego Hurtado, que pocos años más tarde sería nombrado por los Reyes Católicos duque del Infantado.

Poseía la mejor biblioteca de su tiempo, cuyos fondos permiten comprender la amplitud de su formación literaria, que en su vertiente lírica acusa la influencia de los poetas catalano-provenzales e italianos.

Escribió en prosa y en verso, destacando en prosa sus obras «Refranes que dizen las viejas tras el fuego» y el «Prohemio e Carta», siendo su producción en verso lo más conocido y alabado de la labor literaria del marqués, cuya poesía se caracteriza por la diversidad de formas y temas utilizados que pueden clasificarse en cuatro grupos:

a)Canciones. Son 19 y predomina en ellas la inspiración galaico-portuguesa.

b)Decires. Los hay líricos como Querella de amor, de arte mayor, y Comedieta de Ponza, destacando el procedimiento alegórico en El Infierno de los enamorados y el Diálogo de Bías contra Fortuna, sin olvidar la invectiva contra Álvaro de Luna en el Doctrinal de Privados.

c)Serranillas. Forman el grupo de composiciones más célebres del autor y que mejor ha resistido el paso del tiempo. Una de ellas «Mozuela de Bores/ allá sobre La Lama» ilustra el viaje que don Íñigo hizo a sus posesiones de Liébana en 1434.

d)Sonetos. Fue decisiva la aportación del Marqués para la entrada de los sonetos italianos en la poesía española, mediante los 42 Sonetos fechos al italico modo, compuestos a partir de 1438.

Además de ocupar un lugar de preeminencia en la vida política y cultural del siglo XV peninsular, el marqués de Santillana constituyó junto con Juan de Mena y Jorge Manrique el trío de grandes escritores del prerrenacimiento español.